Normalizar los problemas de alimentación en la infancia puede retrasar la detección de dificultades del desarrollo

La alimentación en los primeros años de vida es mucho más que una necesidad básica. Aprender a succionar, masticar, aceptar nuevas texturas o participar en las comidas familiares son hitos que forman parte del desarrollo infantil y que influyen en la autonomía, la comunicación y el bienestar emocional de los niños y niñas. Sin embargo, algunas dificultades relacionadas con la alimentación suelen interpretarse como comportamientos propios de la edad o fases pasajeras. Por ello, desde nuestra Unidad de Atención Temprana y Rehabilitación Infantil nos advierten de que normalizar determinados problemas puede retrasar la detección de alteraciones que requieren una intervención especializada.

Cuando aparecen dificultades relacionadas con la alimentación, una intervención temprana puede marcar una gran diferencia, no solo en la forma de comer del niño, sino también en su autonomía, su participación en las rutinas familiares y su bienestar emocional. Por eso es fundamental visibilizar este ámbito y facilitar a las familias el acompañamiento especializado que necesitan desde las primeras señales de alerta”, explica Ana Navarro, coordinadora de la Unidad de Atención Temprana de la Fundación Instituto San José.

El proyecto COMOYO, apoyo especializado para menores y familias

Para dar respuesta a estas necesidades, la Unidad desarrolla el proyecto de alimentación infantil COMOYO, una iniciativa que cuenta con el apoyo de Fundación MAPFRE y Fundación Ibercaja, que ofrece recursos, herramientas y estrategias personalizadas para acompañar a los menores y sus familias en el desarrollo de una alimentación segura, variada y adaptada a sus necesidades.

Los profesionales trabajan en la detección e intervención precoz de dificultades como los problemas de deglución, el rechazo a determinadas texturas, las alteraciones en la masticación o la escasa variedad alimentaria, situaciones que pueden afectar significativamente a la calidad de vida del menor y de su entorno familiar.

¿Cuándo es recomendable consultar con un profesional?

Los especialistas recuerdan que existen determinados indicadores que aconsejan solicitar una valoración especializada. Entre ellos destacan:

  • Dificultades para alimentarse desde los primeros meses de vida.
  • Problemas para avanzar hacia texturas adecuadas a la edad.
  • Rechazo continuado a nuevos alimentos o consistencias.
  • Arcadas frecuentes ante determinadas texturas.
  • Tos o atragantamientos recurrentes durante las comidas.
  • Dependencia prolongada de alimentos triturados.
  • Dietas muy limitadas o basadas en un número reducido de alimentos.
  • Comidas excesivamente largas o que generan tensión familiar.

Según explica Mónica Rodríguez, logopeda de la Unidad de Atención Temprana, “comer no es una capacidad innata, sino una habilidad que se desarrolla progresivamente gracias a la maduración neurológica, la experiencia sensorial y motora y el acompañamiento del entorno”.

Claves para fomentar una relación saludable con la alimentación

Los profesionales recomiendan a las familias favorecer experiencias positivas en torno a la comida y respetar el ritmo de aprendizaje de cada niño. Algunas pautas útiles son:

  • Introducir nuevos alimentos y texturas de forma gradual.
  • Permitir la exploración de los alimentos con las manos.
  • Compartir las comidas en familia siempre que sea posible.
  • Evitar presiones, castigos o recompensas relacionadas con la alimentación.
  • Mantener rutinas y horarios estables.
  • Ofrecer de forma repetida los alimentos rechazados, sin obligar a consumirlos.
  • Fomentar la autonomía durante las comidas según la edad y capacidades del menor.

“Si un niño aprende a hablar, caminar o jugar, también aprende a comer. Y cuando ese aprendizaje presenta dificultades, la Atención Temprana puede ayudar a detectarlas y abordarlas desde los primeros meses de vida”, concluye Rodríguez.

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